TALLER DE DUELO. Cómo superar las pérdidas en la vida

LAS CLAVES DE LA PARTICIPACIÓN PLENA EN LAS CELEBRACIONES

HACIA LA VIVENCIA PLENA DE LAS CELEBRACIONES

En el duelo, las celebraciones son importantes. Podemos entender que una celebración es un acto en el que hacemos y compartimos algo relevante para nosotros. Tras una pérdida, algunos de los actos principales son el entierro y el funeral. Pero no son los únicos. Hay muchos actos celebrativos que se realizan sin ser actos sociales, tan sólo familiares o, incluso individuales. Y no por eso son menos significativos. La significatividad de estos actos vendrá dada por quien lo realiza, por su intención y por su simbolismo.

LOS SÍMBOLOS

Necesitamos los símbolos para expresar lo que encierra nuestro mundo interior inconsciente: lo que no sabemos cómo decir, lo que en estos momentos no tenemos fuerzas para comunicar, lo que el dolor está dejando tapado, pero que es preciso sacar afuera… Y no sólo para expresar: también necesitamos los símbolos para sentir, para sentir todo aquello a lo que el dolor de la pérdida nos está dificultando acceder. Y necesitamos los símbolos para sanar nuestra herida, nuestra pena. El símbolo es el lenguaje de lo no consciente, e igualmente real. Todo lo externo ayuda a cicatrizar, a acompañar… Como las palabras, como una caricia, como una pieza musical… Y es bienvenido, siempre es bienvenido. Sin embargo, la pena del alma necesita de algo que llegue hasta lo más profundo de nosotros. Allí donde no alcanza la caricia tangible de lo material, consigue llegar el consuelo de lo inmaterial: lo simbólico. El símbolo se sirve de signos materiales para posibilitar efectos inmateriales.

PARTICIPAR CON CONCIENCIA

Durante demasiado tiempo, se ha dejado la responsabilidad de participar activamente en los actos simbólicos a las personalidades, las autoridades, a los sacerdotes, quedando la participación de la mayor parte de las personas en la parcela de la celebración pasiva. Sin embargo, y afortunadamente, esto está cambiando. Cada vez aumenta más el número de personas que, de la misma manera que construyen otras facetas de su vida con una conciencia mayor, también quieren participar activa y conscientemente en el mundo simbólico de las celebraciones, ya sea ante una pérdida o ante otra situación diferente. Y esta conciencia mayor es un signo de crecimiento humano. Así, participar activamente en las celebraciones (ya sean religiosas o no) es un signo de madurez espiritual que ayuda en el proceso de duelo.

LA HUMANIDAD ESPIRITUAL

La vivencia de la muerte desde un plano espiritual, y no meramente físico y psíquico, aporta al doliente el consuelo y la fortaleza que necesitamos para vivir el dolor y la pena con tanto amor que, incluso, podamos atravesar este trance con felicidad en medio de la tristeza, con agradecimiento en medio de la pérdida, con fortaleza en medio del dolor. El dolor es humano, la tristeza es humana, la pérdida es real tanto física como psíquicamente. Y no podemos pretender convertirnos en seres espirituales que no sienten dolor, que no se entristecen, que no se apenan por la pérdida. Pero sí podemos, a lo largo de nuestra vida, crecer humana y espiritualmente hasta poder vivir el consuelo de un amor mayor que cualquier emoción humana que nos hace llevadera la carga de la vida. Y si el dolor de la pérdida no se sana, será efectivamente eso, una carga. Por eso, el proceso de duelo incluye las celebraciones.

LAS CELEBRACIONES SON PARA LA FAMILIA

Un aspecto fundamental a tener en cuenta es que las celebraciones son para la familia, y también, aunque sin duda en menor medida, para sus amigos, y no para el ser querido que hemos perdido. Nuestro ser querido está bien, podríamos decir que mejor que nunca. Somos nosotros los que necesitamos despedirnos, los que necesitamos paliar nuestro dolor, los que necesitamos comprensión, los que necesitamos llenar el vacío, los que necesitamos afrontar la vida sin nuestro ser querido… Y son nuestros valores, nuestras creencias y nuestro sentido de la vida los que requieren atención. Por eso las celebraciones tienen que ser para nosotros, a nuestra manera, lo que no quita para incluir alguna manifestación del tipo “Esto le habría gustado”… Como también hay sitio para rezar por ellos, pedir por su paz o congregarnos para, con nuestra energía, acompañarles en el camino.

Dado que las celebraciones son para los que nos quedamos, las celebraciones cobran sentido cuando participamos activamente en ellas. Y podríamos querer hacer de las cosas más habituales tras la pérdida, una celebración. Se puede juntar la familia para hacer una celebración con motivo de la reorganización de la casa que ha dejado nuestro ser querido. Se puede hacer una celebración al juntarnos para comer o cenar en familia. Se puede hacer una celebración al quedar con los amigos tras la pérdida. Se puede hacer una celebración al juntarnos en familia para tomar decisiones administrativas. Se puede hacer una celebración en el entierro. Y, por supuesto, se puede hacer del funeral una celebración activa y consciente. Y en todo ello podemos dar cabida a niños, padres, hermanos, amigos…

SERVIR CON NUESTROS DONES

Está claro que no podemos hacer todo, y que no todos hemos desarrollado las mismas habilidades, ni tenemos los mismos roles… Pero eso no implica que no se pueda participar activamente. Hay quien puede preparar textos para ser leídos por él o ella misma o por otra persona en distintos momentos y celebraciones. Hay quien puede ocuparse de la decoración de los lugares (el restaurante, la casa, la iglesia, el hospital, el velatorio…). Hay quien puede ocuparse de que la comida tenga algún detalle con significado. Hay quien puede ocuparse de que la ropa sea especial. Hay quien puede ocuparse de tocar algún instrumento musical o de preparar canciones. Hay quien puede ocuparse de preparar algún detalle de recuerdo. Etc. Es decir, celebración puede ser cualquier acontecimiento o cosa que hagamos desde el mismo momento en que nuestro ser querido se ha ido. Y, si la ocasión lo ha permitido, la familia puede celebrar incluso antes del fallecimiento, si es que la familia ha podido vivir ese trance con conciencia.

Además, las celebraciones se pueden extender en el tiempo. Pasados los años, en fechas significativas, en aniversarios, en acontecimientos familiares nuevos. Quizá no acabemos nunca de sentir dolor por la pérdida, aunque sea pequeño. Pero eso no quita que no podamos celebrar el amor que sentimos por el ser que se marchó de nuestro lado. Recordar no es necesariamente seguir en duelo. Recordar es, como otros, un acto de amor.

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