TALLER DE DUELO. Cómo superar las pérdidas en la vida

CUADRO 14 El castigo

LA ESPIRITUALIDAD

“Si hubiera sido mejor persona, quizá esto no hubiera pasado.” O quizá seas consciente de tu “imperfecciones”, pero pienses que ello no es tan grave como para merecer este castigo. Sin duda, muchos viven pensando que, si somos justos, no sufriremos. Y, más allá de lo que cada uno considere como justicia, lo cierto es que vivir también es morir. Al final, amar significa perder lo que hemos tenido el privilegio de amar.

Algunas personas piensan o creen que, si se vuelven muy espirituales, serán capaces de curarse las enfermedades. Sin embargo, eso está más cerca de los negocios que de la espiritualidad. La espiritualidad no es una cura para la enfermedad, por más que en ocasiones incluso se alcance la sanación. La espiritualidad es la reconexión con nosotros mismos, con el alma y con lo divino de la vida, incluso frente a la muerte. Si encuentras la paz interior, te perdonas a ti y a los demás, y consigues calmarte, tu cuerpo se beneficiará, pero la espiritualidad en sí no siempre es una cura para el cuerpo. Lo que sí es la espiritualidad, es una ayuda para transitar la enfermedad o las lesiones corporales, tanto si el desenlace es la curación o no. Lo que sí es la espiritualidad es una ayuda para transitar la muerte, es decir, para recorrer el camino de la vida a la muerte y, de nuevo, a la vida.

Ponerse enfermo o lesionarse de alguna manera no significa necesariamente que hayas hecho algo malo. La verdadera espiritualidad no consiste en encontrar un culpable. Consiste en llegar a la parte más pura de nosotros, la parte conectada al amor (un amor que va más allá de lo meramente biológico y afectivo), la parte que está (si así lo crees) conectada con Dios, la parte que está más allá del cuerpo, y la salud, y la enfermedad y la lesión… La espiritualidad tiene que ver con el cuerpo, con la mente y con el espíritu.

En el caso del duelo, la espiritualidad aporta un plus sobre la mera terapia emocional y mental, sobre la mera terapia psicológica. Aporta sentido a la vida, incluso en medio del dolor; aporta consuelo desde una paz que procede del Encuentro trascendente; y aporta ayuda desde la intervención de un Amor sanador que excede a nuestro entendimiento, pero no a nuestra comprensión. En relación a esto último, hoy sabemos por la Neurobiología que nuestra facultad de la conciencia comprende antes y más allá de que entendamos; y que nuestra facultad del entendimiento entiende después de que haya habido comprensión. El acceso a la compresión se ve facilitado por el silencio interior, que puede lograse con técnicas como la Neuromeditación. No obstante, en muchas ocasiones, a la compresión se accede sin necesidad de técnica alguna.

Por otro lado, ese silencio interior, el acceso a la paz interior y la búsqueda de sentido requieren de un trabajo personal (emocional y mental), de un ejercicio del espíritu, que consiste en “forjar el carácter”. Y, aunque estrictamente este ejercicio no es imprescindible para que cada uno/a encuentre el sentido de su vida, en la práctica, parece que, sin ello, conseguirlo es muy difícil.

Decir todo esto, no obstante, no implica que tu sensación de castigo no sea real. Si alguien ha perdido un hijo, ¿no es fácil comprender que haya quien se sienta castigado de alguna manera? A veces pasan años hasta que una madre o un padre afirma que ha encontrado un sentido a lo sucedido y que no se siente castigada/o por haber perdido un hijo.

La parte salvadora de la pérdida es que los momentos duros constituyen una oportunidad para crecer. La primera reacción ante tal afirmación puede ser: “Dios podría ayudarme a crecer enseñándome cosas, no quitándome a un ser querido.” Y lo que ocurre es que no somos capaces de ver o comprender este tipo de crecimiento hasta años después, cuando se echa la vista atrás en la vida…

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